
Por Yogeiry García
Pasa la tormenta y solo escuchas inundación, sin hogar, desarraigo; aparece la figura del albergue, una estructura inicialmente temporal para que habiten las familias que repiten estas mismas palabras, inundación, sin hogar, desarraigo.
En República Dominicana no existen albergues, al parecer la ambigüedad del término con la acogida de los exiliados políticos fue tema de disputa a nivel internacional. Hay que diferenciar a los políticos de aquellos exiliados por el desastre; no desastre por la tormenta, desastre por la vulnerabilidad cuando llega el fenómeno, cuando cae la lluvia y solo piensas en resiliencia, no en prevención.
Y así llegamos a los refugios, pues así le llaman a su abrigo, a sus barrancones, o esos espacios de continua construcción con el imaginario de ser finitos; así llegamos a Alfa 4.
Nació con el Huracán George en 1998, pero cobija a quienes perdieron su techo en las tormentas Noel y Olga en el 2007. Sí, han pasado trece años y aun sus ajuares siguen ahí, sus retoños, sus ilusiones de que solo es un lugar provisorio mientras se enmarcan sus cicatrices.
Te acercas a la entrada, dos calles estrechas, cariñosamente callejones, donde solo pueden transitar esos formidables vehículos de dos ruedas que sirven de sustento para la mayoría. Solo te paras en frente y ya lo reconoces, Alfa 4; los colores son inconfundibles, el verde de los árboles y las diferentes tonalidades de marrón decoran el entorno, pero no responsabilicemos al abandono, tal vez sea por las raíces, tal vez sea por los años, tal vez sea por la historia que aumenta pero que supone que construirían en otro lugar.
Das los primeros pasos y ya sientes el olor, ese aroma a agua posada en las carreteras improvisadas de caliche, pavimentadas con las pisadas de las casi 250 familias que hoy están pero que no deberían.
La canción del artista urbano Ozuna fue lo primero que entró por nuestros oídos, Se murió el amor, seguida de las vociferaciones: “Ya está bueno” “que nos saquen de aquí”. ¿Se murió algo más que el amor? Apenas inicia el recorrido.
Miras a la derecha y la fé incrustada en cuatro paredes de zinc, Iglesia fuente de agua viva, al parecer creer en Dios es más factible, que creer en las promesas de los hombres con corbata. Luego miras a la izquierda, y ves unos tubos que una vez fueron blancos pero que hoy ya encarnan la edad que tienen ahí, descansando sobre sus aceras fantasmales; son piezas amarillentas revestidas de óxido, son las partes del desagüe que Alpha 4 no tiene pero que la lluvia y el sol han bautizado en ese rincón.
Sigues transitando con las decoraciones plásticas y los residuos sólidos bajo tus pies, siguiendo las pisadas de los nacientes descalzos, o sin una blusa que los cubra de la mano de sus progenitores. Ahí es donde piensas en la pandemia, en sí todos han escuchado sobre el COVID-19, pues si levantas la mirada 0.5 de cada 7 personas cubrían parte de su labio inferior con telas sostenidas de otro tejido más delgado (se supone que el 7 es el número de la suerte, pero al parecer ese refrán nunca llegó al refugio).
Los motores estacionados, paredes de hojalatas tintadas con sus clamores a un ser supremo, tendido eléctrico sobre sus cabezas entrelazados en orden aleatorio como si un arácnido entretejiera su hogar, cables oscuros sosteniendo las vestiduras azules, marrones y la variante de blanco, enmarcando las calles, como las bombillas de navidad que iluminan la Winston Churchill; habichuelas rojas tomando color en una lata sobre las llamas de su orgulloso anafe, y los de edad, con vestidos que no se ajustan o pantalones de tela, posados en sus sillas de plástico esperando que algo acontezca; sí, que algo pase, algo diferente, que sus ojos se vuelvan a llenar de vida.
Continuamos el paso, siendo ágiles para no caer ante el relieve de la pista y apreciando cómo las botellas verdes desiertas por dentro reclamaban las esquinas, unas amontonadas sobre cartones, y otras fundiéndose en la senda. Y sigues viendo las paredes, sigues sin distinguir otro color más allá del número indeleble de la vivienda que colocaron hace 10 años en medio del censo; ves como una cadenas y un candado le brindan a sus puertas la expresión que todos anhelan escuchar, “seguridad, protección, guardián de sus sueños”, sueños que se ahogan cuando inicia la temporada ciclónica.
Marrón, sigues viendo marrón, el marrón que ves desvanecer desde que ven a otra persona que no tiene sus mismas cicatrices. ¿De donde eres? ¿Eres americano? El paternalismo Yankee sigue primando y el extranjerismo dejó de representarse en el lenguaje, el color de piel o los rasgos característicos, ahora se trata de los colores, de una sensación de seguridad, de cobijo, de servicios esenciales que simplemente desconocen.
¿Agua en el patio? Por supuesto; una manguera verde compartida entre sus laberintos, cada uno llenando una ponchera con el líquido que les permitirá asearse al menos una vez al día, si tienen suerte dos. Los caninos no corren con esa ventaja, esperan que las nubes acampen sobre su lecho y el cielo empiece a llorar para pasar de un marrón oscuro a un marrón claro.
Niños corriendo, sí, corren, nacieron ahí, dicen que con los años el cuerpo se adapta a su entorno, así que las plantas de sus pies ya están acostumbradas a correr sobre el realce; pero entre esos pasadizos uno de ellos no lo hacía, era hora de desayunar; sentado sobre una cubeta, en su mano izquierda dos galletas redondas del tamaño de sus ojos dentro de una fundita rosada, y a su derecha, un jugo con la ilusión de ser un néctar de naranja; llenaban su panza, su primer alimento del día, el más importante para su nutrición.
Y llegamos a la posita, una cuadra donde la lluvia no tenía por donde marcharse y el torrente se acumulaba bajo sus pies. En esa esquina una escoba, una cubeta y un trapeador eran quienes los auxiliaban, no un drenaje, no el cumplimiento de sus derechos como munícipes, sino los instrumentos que ellos mismos compraban o que daban forma con sus manos.
Lo importante es aprender a sobrevivir, convirtiendo sus hogares en MIPyMEs, recolectando comida en descomposición para sus animales en vasijas multicolores dependiendo del alimento, o convirtiendo una navaja blanca con un fragmento de cristal en su peluquería personal. Unos se identifican como constructores mostrando sus cayos entre sus dedos y otros como motoconchistas, utilizando sus tatuajes como cédula y las paredes de los callejones como oficinas de trabajo. Sí, así sobreviven…
“Yo soy Lucía Pinales, mi apodo es Josefa, estoy aquí desde la tormenta Olga y Noel”. Nosotros pedimo´ ayuda a la autoridad, que venga en auxilio de nosotros todos, porque estamos viviendo en una condición que no es para personas,… Mira la parte afuera de mi casa, eso es cuando llueve, llueve afuera y escampa adentro… Aun así, si tienen que a cualquiera de nosotros darnos una ayuda de un trabajo o algo, nosotros tenemos fuerzas para trabajar…”
Josefa es parte de los muchos que dividen sus aposentos con una cortina, que lo único que separa la cocina del lugar donde hace sus necesidades, es un mantel que puedes desvelar con solo asomar tu mano. También es de los muchos que solo pide la función del Estado como facilitador, que reconoce la fuerza de sus manos y que aun sin servicios, intenta mantener su profesión de docente, debajo de una vela, debajo de ese marrón.
Casi termina el recorrido y ya no sabes que apreciar, si las personas con discapacidad ideando sus muletas, si ver cómo el déficit habitacional y la negación de servicios se convierten en lo cotidiano y la responsabilidad del Estado como lo extranjero, la inocencia de los niños que aún no conocen el significado de vivir dignamente, o los colores, esas tonalidades de marrón que levantan los muros de una realidad alterna, que levantan los muros del refugio Alfa 4.